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BICENTENARIO DEL POETA PLACIDO

BICENTENARIO DEL POETA PLACIDO

Se han cumplido, el pasado 18 de marzo, los doscientos años, el bicentenario del natalicio del poeta Plácido, es decir, de aquel joven peinetero que nació en La Habana, hijo de un amor secreto y entonces ilegítimo, condenado por las costumbres y prejuicios de la época, entre una bailarina española (y blanca) Concepción (Concha) Vázquez y un criollo peluquero (y mulato) Diego Ferrer Matoso, y que entró en nuestra historia y literatura con el apellido de los expósitos: Gabriel de la Concepción Valdés.

Sólo vivió 35 años, que no llegaría a cumplir, cayó fusilado ante el plomo español, a consecuencias de aquel trágico episodio que conocemos como La Conspiración de la Escalera, en su época fue sujeto y objeto de polémica entre peninsulares e integristas y también entre los criollos y cubanos, más allá de aquellas primeras décadas del siglo XIX, para devenir y vivir nutrido también por la polémica, desde el juicio que menospreciaba su escritura o que la sobrevaloraba, amén de aquellas otras valoraciones de índole política, por las que fue calificado como traidor, delator, cobarde o como mártir y símbolo de un ideario independentista.

Ciertamente, las autoridades hispanas no se equivocaron, y más allá de la torpeza y arrogancia que las caracterizó, desde Tacón a O’Donnell, al frente del gobierno colonial, ellas supieron olfatear la presencia transgresora de aquel joven de fácil verbo, que podía improvisar y que cuando escribía, y publicaba muchas veces para contribuir al modesto sustento cotidiano, sus versos en algunos espacios, como en la Aurora de Matanzas, dejaba no sólo el testimonio de su cubanía, de la que estaba por cierto bien orgulloso, así como de su propia condición de mestizo, aunque como a otros criollos, ayer y hoy, se le pudiera sumar un epíteto, por su tez, el de “parece blanco”.

La perspectiva de su mirada, incluso en las imperfecciones de una educación no sistémica, su proyección hacia el amor, el sexo y la naturaleza, más allá de los poemas que, como otros, escribió como loas y expresó su talento, aquí con mayor medianía, dentro de los compromisos canónigos de su tiempo, en aquella escritura, en la que habitaba el ritmo y la armonía, así como una fértil imaginación que llegó a ganar los elogios, posteriores, de alguien tan conservador en ideas como don Marcelino Menéndez y Pelayo, en aquellos sonetos, décimas, quintillas y redondillas y en sus romances, especialmente en el que ha sido considerado como una muestra palpable del proceso de su madurez estética, me refiero a Jicontencal, en toda aquella poética de Plácido estaba ya la semilla de la otredad, es decir, del cubano, de Cuba en su poesía.

Como se afirma en el primer volumen, dedicado a la literatura colonial, de la Historia de la Literatura Cubana, elaborado por el Instituto de Literatura y Lingüística, fue Plácido el más publicado, en cuanto a libros de versos, de los líricos cubanos de aquel período, con alrededor de once títulos, más incluso que José María Heredia y que su otro célebre coetáneo, José Jacinto Milanés, para constituir estos tres poetas la cima de nuestra lírica en aquellos años fundacionales de las letras cubanas.

No sólo era hábil artesano con el carey, también lo fue Plácido con la palabra, y eso lo demuestran sus poemarios, desde aquel primer cuaderno edito en 1838, hasta en aquellos otros versos, como los de Plegaria a Dios, que según se afirma, fueron escritos durante su prisión, y antes de su fusilamiento, mientras negaba legitimidad a la confesión que se le endosaba, por el régimen colonial, sacada según algunos, por medio del tormento, e invalidada desde sus orígenes, en la que supuestamente inculpó y comprometió a otros cubanos de la alta cultura como José de la Luz y Caballero y el no menos polémico Domingo Del Monte.

También, como lo destacan algunos historiadores, tras larga investigación, Plácido no fue ajeno del todo a aquel convulso panorama ideológico, y su viajes y detenciones anteriores, cuando recorría pueblos de la Isla, como Remedios, Villaclara, Sagua la Grande, Cienfuegos y Trinidad, amén de su quehacer en Matanzas y La Habana, podía haber estado vinculado a las múltiples células conspirativas, que bien sabemos estallaron en la colonia, y que fueron orígenes de movimientos insurreccionales como aquellos comprometidos como los Caballeros Racionales, y los Soles y Rayos de Bolívar, entre otros, mientras también se manifestaba el primer Reformismo, contrario a la trata de esclavos y deseoso de blanquear la Isla, al tiempo que a introducir medios teconológicos que permitiesen desarrollar las plantaciones y la economía de la sacarocracia criolla, pero sin esclavos, temor in crescendo por su mayoría presencia demográfica entonces y con el agravante del referente haitiano.

En todo ese contexto político, cultural y social se presenta Plácido, un mulato libre, al menos así creía serlo, que habitaba una colonia sostenida por miles de esclavos, en el emporio de una economía de plantaciones, sobre la base de la caña y del café, sometida a una metrópolis obsoleta en el proceso de un capitalismo que emergía y se expandía, como lo testimoniaba Inglaterra, y que complejizaba el panorama de Cuba, también dentro de un período en el que la mayoría de las colonias de Hispanoamérica habían concluido su etapa de lucha por la independencia y surgido como estados nacionales.

Sin la pasión cósmica ni la fuerza telúrica de José María Heredia, también sometido al complejo contexto de la colonia, el que lo condujo al destierro y a la muerte en plena juventud, sin la subjetiva lírica de José Jacinto Milanés que culminaría vencida su razón en la locura, al tercer poeta de la gran triada del primer romanticismo de la literatura cubana, a Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, le tocaría expresar la sustancia de lo popular en nuestra lírica, las dotes de su sensibilidad poética incuestionable, y recibir las balas para sumarse, desde el plano simbólico, al imaginario de una identidad de lo cubano en la construcción de su nacionalidad.

 

 

2 comentarios

nike shox o'nine -

Comparison, more than reality, makes men happy or wretched.

Jordan Jumpman -

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