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El placer de leer

Durante muchos años, fue el cine el máximo protagonista de la cultura cubana, en cuanto a masividad. Y los festivales de diciembre se adueñaban de La Habana, con un público que avanzaba sobre las salas cinematográficas como las olas sobre el Malecón.
Sin embargo, ahora el protagonismo le pertenece al libro, y al placer de leer. Así lo comprobamos, y también dsifrutamos, a pesar de la muchedumbre, cuantos gustamos de escribir y asumimos como medio de expresión ese oficio, al disfrutar del público, de todas las edades y procedencias sociales, que acude a la fortaleza colonial de San Carlos de la Cabaña, situada al otro lado de la bahía, para adquirir nuevos libros y dialogar con los autores.
Quince años tiene ya la Feria Internacional del Libro. Todavía es muy joven, pero tiene una virtud mayor, se ha expandido por la geografía insular, y ya cubre no sólo el escenario de la capital sino que se adentra por otras ciudades cubanas, incluso se desplaza sobre el mar y llega a la Isla de la Juventud, segunda isla en tamaño del archipiélago, enclavada al sur del caimán -al que nos referimos siempre como la "isla grande"- y en 35 villas y urbes del país se realiza la feria, y nos alegra ver cómo la lectura es la reina de todos, bajo el cielo azul, al pie de las palmas, cerca, muy cerca de nuestro océano, de este Caribe que nos baña con sus cálidas aguas.

Nuestra America

Nuestra America

Hace ya 115 años que en las páginas de la Revista Ilustrada de Nueva York apareció el ensayo periodístico del cubano José Martí. Allí, quien también fue el Apóstol de la independencia de su pueblo y el mayor poeta de la lírica cubana del siglo XIX, exponía sus tesis de integración y unidad para quienes vivimos desde el Río Bravo a la Patagonia. El tituló su ensayo "Nuestra América".

Y esa América suya, de indios y cholos, de gauchos y negros, de blancos, negros, amarillos y mulatos, comienza a vivir otros aires, a buscar su propio desarrollo, a defender con bríos su identidad cultural, a sustentar el proyecto legítimo de su soberanía e independencia con justicia social y equidad.

Por eso quiero compartir mi júbilo, mi utopía, con ustedes, los que me lean ante cambios que vienen produciéndose como la elección de un indio aymara como Evo Morales a la presidencia de Bolivia, el país más pobre de América del Sur.

O cómo, en el Chile de Salvador Allende, y por primera vez en todo el sur del continente, llega una mujer como MIchelle Bachelet, desde el voto popular, a la presidencia de su país, ella que fue torturara cuando la dictadura de Pinochet, que asesinó a su padre, un pundonoroso general de la fuerza área que se opuso al cuartelazo anticonstitucional, y ella, desde el exilio, de regreso, pediatra, madre soltera, inteligente y sensible, encabeza la esperanza de su tierra.

Y en Argentina, se pagó la deuda con el FMI, y Kichner, no sin dificultades y tropiezos, sale al frente y con su pueblo, tan querido por mí, a dar la batalla de la independencia y del honor, de la justicia para los más... y en Uruguay hay también aires con Tabaré...

Como en Caracas, retomando la espada del Libertador, Chávez escribe con letras claras el proyecto integrador y liberador del ALBA frente a la manipulación hegemónica del ALCA que tanto es repudiado en todo el continente

Me alegra que en este enero, mes del nacimiento de Martí, sucedan estas cosas en la América nuestra...

AMOR, PAZ Y ARMONIA EN EL 2006

Termina el 2005, año complejo para todos...y pienso en el que vendrá, el 2006. Hay muchos deseos, sueños, esperanzas que son comunes a los seres humanos, más allá de las diferencias de razas, estados económicos, religiones, culturas, sexo, ideas, en fin, todo lo que nos divide, y que debiéramos superar en este tercer milenio.

A mis amigos, a los que no lo son porque no nos conocemos, a los que un día herí sin saberlo o proponiéndomlo, a los que amo y me aman, a cualquier persona les envio mi mejores votos de amor, paz y armonía para este año que comienza, hermanados en la fe, con la esperanza de la vida y de un planeta que es azul y así debería serlo para todos, pero que tanto dolor encierra para cientos y miles.

Amor y paz, alegría y salud

un beso y un abrazo

Mercedes

Alicia Alonso, una leyenda a los 85 años

Alicia Alonso, una leyenda a los 85 años

Como el arquero de Sagitario que rompe con su luz el viento, y es su signo zodiacal, la cubana Alicia Martínez de Hoyo, o mejor dicho, esa leyenda viva de la danza que es Alicia Alonso, llega en este diciembre a los 85 años, en medio del júbilo, la música y la poesía que le tributan justísimo homenaje.

Para muchos, ella es sin duda alguna, Giselle, y desde la ingenuidad y ternura del personaje, la figura lírica que copó todos los escenarios del mundo, para mí lo confieso, es una mujer altiva y pasional, la misma que me encandiló en mi adolescencia cuando la vi estrenar Carmen, y superar desde las tablas, la interpretación de la rusa Maya Plisetskaya, para quien el maestro Alberto Alonso, creó ese hermoso ballet, inspirado también en otra leyenda de la literatura y del bell canto.

Inteligente y fiera, no sólo Alicia hizo gala de su técnica con el dibujo magistral de los giros espectaculares sobre el escenario, sino que dio calidez excepcional a sus personajes por la fuerza de su personalidad, entregada a una interpretación en extremo personal y dramática, donde nada quedaba al azar.

Mas este genio de la danza, que nació y vive en Cuba, a la que ama con igual pasión que al baile, o más diría yo, no sólo quiso y lo logró ser uno de esos monstruos del ballet, sino que ha sido la forjadora de toda una escuela, de una manera de apropiarse del arte danzario para crear, en medio de su juventud y con energías, junto al maestro Fernando Alonso el que se llamó primero Ballet Alicia Alonso y luego Ballet Nacional de Cuba.

Es la misma mujer locuaz dentro y fuera del teatro, que nunca perdió la esperanza ni vio disminuida su fe, ni siquiera ante los avatares de la vida, ni ante las quiebras de su propia salud, y supo que su voluntad mayor sería no sólo la de una carrera magistral, la de ese mito que es Alicia Alonso, sino que se traduciría mejor en la multiplicación de talentos que hoy, en muchos escenarios y en todos los continentes, son muestra de esa escuela cubana del ballet que sin la existencia de Alicia sería imposible.

Leyenda viva, energía astral la suya, como la de la Ceiba que magia y fecundidad puebla los campos de Cuba y se expande por la cuenca caribeña, Alicia es un reto al espíritu, un verdadero huracán de sueños y utopías, tan infinito en su decir cuando se conoce la magia de la danza, como lo es la línea misma del horizonte, donde no me extrañaría ver alguna vez, en la hora del crepúsculo que según los iniciados chamanes es la hora del poder, la imagen de esa mujer, volar como la luz y la sombra.

Siempre Viva Cuba

Siempre  Viva Cuba

El cine es una de nuestras grandes pasiones. Y, cada diciembre, todo el archipiélago cubano vibr al compás de las 24 imágenes por segundo. En este 2005, una película interpretada por niños y niñas, la primera en su género dentro de la cinematografía cubana, del joven realizador Juan Carlos Cremata aspirará a los máximos laures, el premio Coral.

Allí, en las secuencias de Viva Cuba está el amor a la tierra, a las palmas, al aire, al azul del cielo, al mar que nos rodea, desde la pureza y la inocencia de la infancia, ese sentido de identidad que tanta nostalgia crea en quienes viven en otras playas, pero siguen latiendo por este sol, a pesar de los huracanes del Caribe.

Como otros filmes, también Viva Cuba ha sido presentada para las nominaciones del Oscar, no sabemos si será candidata o no al controversial pero siempre deseado galardón...Ojalá, eso sí, continué ganando aplausos, entre los pequeños y las pequeñas, como sucedió en el Festival de Cannes, porque es un mensaje de amor, y en el mundo hace falta más amor que guerra-

Los sueños del Ismaelillo

Había una vez...un joven soñador, lleno de energías y de esperanzas, que llegó un día a Caracas y, sin quitarse la fatiga ni el polvo del camino, preguntó dónde se encontraba la estatua de Bolívar, y allí, al pie del Libertador, se echó a llorar.

Aquel muchacho, que días más tarde cumpliría en tierras venezolanas sus 28 años, era José Martí. Entre los cerros de la capital llanera, gracias a nuevas amistades, comenzaría a escribir en las páginas de los periódicos, daría clases y su voz se escucharía en las veladas y en las tertulias.

En el espacio íntimo, donde descansaba por las noches, escribía también, pero versos. Se los inspiraba su hijo José Francisco, ausente de su cariño, y así fue naciendo, como en el viaje que lo condujo a Venezuela, por el mar Caribe, desde los Estados Unidos, el poemario precursor del Modernismo, su Ismaelillo.

Martí creció como poeta y escritor durante aquellos meses suyos de su estancia en Venezuela. Meditó, reflexionó sobre el destino de nuestra América, y concibió la independencia de Cuba como aquella estrofa que todavía faltaba al poema que escribió con su espada Bolívar.

Fueron los sueños y las utopías de un hombre bueno, el que amaba intensamente a su patria, a Cuba y hacía suyo el destino de todos los pueblos de América latina y de la cuenca caribeña, los que habitamos al sur del Río Bravo

Desde entonces, nosotros que somos sus hijos e hijas, sus Ismaelillos, recibimos el mensaje de Martí, desde la belleza de su escritura, con la esperanza de ser libres, de vivir en paz, de trabajar por el desarrollo de nuestros pueblos, por eso sabemos que debemos luchar para que aquel poema que el cubano universal soñó se realice plenamente, con justicia, equidad y soberanía.

¿Por qué Martí?

¿Por qué Martí?

Cuando era niña, mi padrino me regaló un libro, o mejor dicho, una revista que se escribió para la infancia pero que ha llegado a nosotros y a nosotras en formato de libro. Me refiero a La edad de oro, de José Martí. Confieso que a ese ejemplar me une algo más que la nostalgia de mi niñez, ya que fue mi primer libro, donde me volqué a leer, y desde entonces, no he dejado de deborar libro tras libro.

Después vino la adolescencia, otras lecturas, y en mi juventud me reencontré con Martí, con el novelista de una sola novela: Amistad funesta, que fue publicada en las páginas de un periódico que aparecía, en 1885, en Nueva York. Y quedé atrapada por lo que luego supe que era la prosa modernista, por ese desbordamiento de imágenes y de atmósferas que más tarde volví a encontrar en filmes como los del italiano Visconti.

Desde entonces, he vuelto muchas veces a Martí, he escrito sobre su poesía, su obra, sus amores, dos biografías e intentado comprender al ser humano, más allá del mármol de la estatua.

Como otros, en Cuba que es mi país, José Julián Martí es uno de esos amigos que se incorporan en el viaje de la vida, y con el que podemos discutir, polemizar y siempre aprender, más sin caer en mimetismos inútiles.

Ahora veo cómo se multiplica y que gente de otros países se interesan por él, por sus ideas, por su poética, y se producen relecturas para sorpresa de muchos, que no pueden explicarse todavía cómo un hombre que murió en 1895 tiene cosas que decir a los que vivimos en el 2005.

Pero a mí no me extraña...Martí es de esas lecturas abiertas, como lo es la vida, y con el paso del tiempo me abre desde su propia alma posibilidades múltiples...no sólo me enamoro de su verso, o me deslumbro con su prosa, sino que lo siento próximo, desde su compleja humanidad.

El canto de la patria

Mas que un himno que convoca al combate como lo dicen sus versos, el Himno de Bayamo es toda una historia de amor, la de las palmas y los ríos, las montañas y los llanos, la de la entrega sublime al corazon de la tierra en la que nacimos.
Por eso y como homenaje, cada año, cada 20 de octubre, todo el archipiélago cubano es una fiesta, la del Día de la Cultura Nacional, cuando se conmemora aquella tarde en la que un hombre, sobre su caballo, improvisa versos que claman por libertad, independencia, e igualdad, libres ya los esclavos por quienes fueron sus amor, hermanados en la batalla, ante la luz del sol.

Maria Teresa Vera, siempre en la memoria

Maria Teresa Vera, siempre en la memoria

En este año se cumple cuatro décadas de la muerte de una sencilla mujer, la voz más memorable que ha tenido la trova cubana, desde el costado femenino. Me refiero a María Teresa Vera, quien solía acompañarse de su guitarra, como en su adolescencia y en su juventud, cuando cantaba en su tierra natal, Guanajay o en la capital, La Habana o iba a Nueva York como miembro de dúos o del Sexteto Occidente a grabar sones.
Ella es la autora de una de las más hermosas canciones cubanas: Veinte años...historia de amor y desamor, que revela la sensibilidad de la mujer, su mirada personal, y habla con nostalgia de tiempos felices...
A María Teresa, siempre en la memoria, se le rinde particular homenaje en este octubre, y como una de las figuras más importantes de la música cubana, en estas jornadas que se celebran por el Día de la Cultura Cubana que será el próximo 20 de octubre, fecha en que se recuerda, en la Isla, el canto del himno, en la ciudad de Bayamo, primera capital de la patria que entonces nacía, en la primera guerra de independencia, y se cantaba al aire, bajo el cielo azul y entre las palmas.

En las montañas de El Cobre

En las montañas de El Cobre

En las proximidades de la ciudad de Santiago de Cuba, al sur del oriente de la Isla, se levanta entre montañas el santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.
Y allí, en medio de aquellas hermosas elevaciones, también estuvieron las minas de cobre que durante cinco siglos fueron explotadas, a cielo abierto y que hoy agotadas dejan espacio al proyecto de un museo que testimonio lejanas épocas y, sobre todo, al abrigo del cielo y de la tierra, la lucha de miles de esclavos por alcanzar, en esas sierras, su libertad.
También y junto a las imágenes de la fe, de la virgen que en la religión afrocubana, de rañices yorubas, se sincretiza con la deidad de la orisha Oshún, la diosa del río y del amor, se elevará el monumento a los cimarrones.
Diálogo de la naturaleza, de la fe y la libertad que alimenta con sus girasoles dorados aquel paisaje.

ERNESTO LECUONA, CUBANO UNIVERSAL

ERNESTO LECUONA, CUBANO UNIVERSAL

La villa de Guanabacoa, hoy uno de los municipios de Ciudad de La Habana, ha sido la cuna de grandes figuras de la cultura en la Isla. Y entre ellas sobresale un músico, el más reconocido, a escala universal, entre los compositores cubanos: Ernesto Lecuona quien, de vivir, arribaría en este agosto a los 110 años.
Mas debo rectificar porque el autor de Siboney, Siempre en mi corazón, Damisela encantadora, de zarzuelas como María la O, jamás ha conocido el olvido y, por eso, desde su obra ha vencido a la muerte.
Confieso que su música me arrulló en mi infancia y que mi madre cultivó su amistad como también la del maestro Gonzalo Roig y la de Rita Montaner. Será por eso que no puedo escuchar sus canciones sin estremecerme, ya me lleguen en las voces de una Esther Borja o de un Plácido Domingo.
Cuando era niño, y sólo contaba con cinco años, ya Ernesto Lecuona interpretaba al piano para sorpresa de sus maestros y familiares. Después, de adolescente, como otros grandes de la música cubana, fue pianista en los cines silentes de la capital para ganarse el sustento.
Tempranamente sorprendió a su hermana, la también compositora Ernestina Lecuona, con su virtuosismo, como a todos sus maestros, dueño de condiciones físicas, de manos excepcionales para la ejecución de su instrumento, el mismo del que brotaron sus Danzas cubanas y que tuvo en Lecuona a un virtuoso.
Los españoles le admiran tanto que, en Málaga, una de sus calles lleva el nombre del autor de la igualmente célebre pieza: La Malagueña y en esta tierra suya, sus canciones se respiran, como las bondades del trópico, porque son obras imantadas por la belleza y el amor.

María de los Ángeles Santana

María de los Ángeles Santana

Una de las más emblemáticas figuras de la escena cubana, la misma mujer que recorrió el mundo con su arte y su gracia singulares, que fue aclamada por miles de personas en México y España, la que ha recibido de Cuba el homenaje y el tributo a la obra de su vida al otorgarsele los Premios Nacionales de Teatro y Televisión, cumple 91 años.
Lúcida, no ha perdido con los años, aquella gentileza tan suya, ni la sonrisa ni la mirada límpida. Es la misma que cantaba a Lecuona y a Roig, una de las primeras voces que quedó atrapada, para siempre, en el cine cubano con la llegada del sonoro a la Isla.
Dueña de la comedia y del drama, del musical y del humor, María ha tenido también la virtud de asumir el paso del tiempo, y de mantener la alegría en el alma, lo que ha nutrido su obra artística y sobre todo ese corazón suyo de natural sencillo y cordial.
Por eso, cuantos la amamos sentimos el júbilo de este nuevo año en su vida, de ver cómo la ancianidad la embellece desde el espíritu, con la fe y la bondad, rodeada del cariño y la amistad que ella misma ha sembrado.

ELISEO DIEGO EN SUS 85 AÑOS

ELISEO DIEGO EN SUS 85 AÑOS

Cuando le conocí Eliseo tenía sólo 47 años, y en sus ojos había una luz muy particular, como si estuviera tocado por aquellos duendes de los que habló un día García Lorca. Era de esos poetas que sabían escuchar versos ajenos, que entregaba su tiempo a los demás y, en especial, a los más jóvenes.
Como otros adolescentes que comenzaban a emborronar cuartillas, llegamos al escritor antes que al hombre, porque sólo le conocíamos gracias a la letra impresa. Después, sin abandonar jamás la admiración por el creador, nos quedamos enamorados de la persona que escribía aquellos cuentos y aquellas poesías.
Devorábamos entonces la primera edición del libro de aquellas maravillas de Boloña que nos devolvían otra mirada dentro de la poesía de aquella década, la del hacedor de la Calzada de Jesús del Monte, una de las voces que, por su ternura, síntesis y esencia más se aproxima, en la lírica cubana, al misterio de los Versos Sencillos, de José Martí.
Como después, y entre los anaqueles de la biblioteca, descubrimos aquellos cuentos suyos, los de su oscuro esplendor que nos entregaban la creatividad de un autor, en la que se conjugaba la metafísica, la espiritualidad, los sentidos, muchos elementos del absurdo no exentos de cierta dosis de crueldad y, en particular, una literatura fantástica que enriquecía la panorámica de nuestras letras.
Años más tarde acompañé, junto a otros amigos, al maestro, que lo fue en las aulas y en la vida, como docente y graduado de Pedagogía, como a través de sus libros y de su propia oralidad, cuando se le entregó el Premio Nacional de Literatura, en 1986, año en el que igualmente se otorgó ese lauro a otros dos grandes de nuestra cultura, a José Antonio Portuondo y a José Soler Puig, galardón merecido que entonces compartieron aquel habanero y aquellos dos santiagueros, tres hombres que valían por sus obras y también por la nobleza de sus corazones. Más tarde, en los encuentros nacidos de la amistad, compartí la alegría de su Premio Juan Rulfo que le fuera entregado en México, país al que viajó y donde murió físicamente, aunque sus restos descansan en su tierra cubana.
Hace unos días, al leer sus cuentos volví a encontrarme con Eliseo Diego, cuando leí sus palabras, al valorar su propia poesía, y defender la necesidad de la existencia de muy diversas voces, tendencias y estilos múltiples para el enriquecimiento espiritual de la cultura y la pluralidad del discurso literario cubano.
Lo había escrito Eliseo con esa natural sencillez que siempre nos enseñó, y que no dejaba de sorprendernos, porque nunca dejó de ser el niño aquel que jugaba, escribía y soñaba en su casa de Arroyo Naranjo que, de estar entre nosotros, hubiera cumplido este 2 de julio sus 85 años.
Un hombre puro que tuvo la inteligencia, yo diría que la grandeza, de no creerse nunca dueño de la verdad, porque siempre supo que bajo el cielo el sol alumbra a todas las criaturas de la tierra.

AL ALMENDARES

AL ALMENDARES

Este río de nombre musical
llega a mi corazón por un camino
de arterias tibias y temblor de diástoles…

Él no tiene horizontes de Amazonas
ni misterio de Nilos, pero acaso
ninguno le mejore el cielo limpio
ni la finura de su pie y su talle.

Suelto en la tierra azul… Con las estrellas
pastando en los potreros de la Noche…
¡Qué verde luz de los cocuyos hiende
y qué ondular de los cañaverales!

O bajo el sol pulposo de las siestas,
amodorrado entre los juncos gráciles,
se lame los jacintos de la orilla
y se cuaja en almíbares de oro…
¡Un vuelo de sinsontes encendidos
le traza el dulce nombre de Almendares!

Su color, entre pálido y moreno
--Color de las mujeres tropicales…--
Su rumbo entre ligero y entre lánguido…
Rumbo de libre pájaro en el aire.

Le bebe al campo el sol de madrugada,
le ciñe a la ciudad brazo de amante.

¡Cómo se yergue en la espiral de vientos
del cubano ciclón…! ¡Cómo se dobla
bajo la curva de los Puentes Grandes…!

Yo no diré qué mano me lo arranca,
ni de qué piedra de mi pecho nace:
Yo no diré que él sea el más hermoso…
¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!

Dulce María Loynaz
Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes

¿Derechos humanos para la infancia?

¿Derechos humanos para la infancia?

Hace algo más de tres décadas que un grupo de jóvenes y adolescentes estudiantes universitarios, en compañía de nuestros profesores, recorríamos los campos y las montañas de Cuba, no sólo con la cultura libresca aprendida en las aulas, sino con el propósito mayor de conocer la realidad de nuestro país y de su gente.
Ahora veo cómo en mi país ya no hay analfabetos, como aquellos que me encontré entre pinos y casuarinas en las sierras y minas de la más occidental de las provincias cubanas, nuestra rojiza y espléndida Pinar del Río.
No puedo rehuir la nostalgia. Aunque no puedo sacar de mis pupilas otros rostros, de niños y niñas, de ancianos y ancianas, de adultos de ambos sexos que jamás han podido acercarse a un libro, muchos que desconocen de su existencia.
No tengo que andar demasiado para toparme con la realidad de un mundo de analfabetos que prolífera entre hambre y miseria, prostitución y droga, desempleo y enfermedades. Allí está la geografía de América, la de África, la de Asia, esos continentes considerados por algunos como “la periferia” del mundo, del que sacan eso sí, materias primas, recursos y, por qué no, muchos cerebros.
Falta el pan, la medicina, el hogar que los abrigue, el agua potable, la luz eléctrica, ni qué decir de los medios informáticos, como Internet…Sí, veo cómo la realidad que conocí en mi adolescencia, hace más de treinta años en los campos de Cuba, no es un fantasma ni producto de mi imaginación…es la verdad de muchos pueblos, y pienso con tristeza, con profundo desgarramiento en los derechos humanos que se les niegan, mientras otros gozan de la superabundancia, de la bonanza y del derroche…

Máximo Gómez, el Generalísimo

Máximo Gómez, el Generalísimo

El único de los grandes que organizó la guerra necesaria, el Generalísimo Máximo Gómez, no había nacido en tierra cubana, sino en la República Dominicana de donde llegó a las tierras más orientales de la Isla, para asentarse como campesino en los montes, y sembrar el amor de su madre y de sus hermanas al compás de su propia juventud.
Fue, entonces, que aquel hombre de sólo treinta años contempló la infamia de la esclavitud y, como él mismo escribiera en su diario, por amor al negro se vinculó al movimiento independentista, en pos de luchar por la abolición de una institución mezquina, que degradaba la propia condición humana.
Así, espigó en los primeros días de la guerra como soldado del naciente Ejército Libertador, en octubre de 1868 y con el grado de sargento, que le fue concedido por su amigo, el poeta bayamés José Joaquín Palma, para iniciar a los imberbes combatientes cubanos, al semillero de la mambisada, en una lucha singular, la guerra de guerrillas que tendría en el bravo dominicano a su mejor y más audaz artífice, desde el combate de Pino de Baire cuando enseñó a los insurrectos a transformar el instumento de trabajo, el machete en mortífera arma.
Durante aquellos años difíciles, casi una década de batallas, en la también llamada Guerra Grande, el Mayor general Máximo Gómez Báez, grado que ostentaría al concedérselo tempranamente el primer presidente y fundador de la República en Armas, el padre de la patria, Carlos Manuel de Céspedes, en toda la contienda sería el apasionado y exigente jefe militar dominicano el maestro de nuestros oficiales, el General de Generales, quien forjó a los héroes de la revolución cubana, a los hermanos Maceo, a Flor Crombet, a Guillermo Moncada, entre otros.
La invasión de Guatánamo, asiento de resistencia colonialista y de las contraguerrillas anti-insurgentes, la expansión de la guerra por todo el territorio del oriente cubano, su incorporación al mando del Camagüey al caer en combate el líder natural de esa región, el Mayor general Ignacio Agramante y Loynaz, el propio diseño estratégico y político de la guerra que necesitaba, para desarrollarse, consolidarse y expandirse de la invasión del Occidente, fueron algunas de las obras fundamentales que debemos al más lúcido de los estrategas cubanos.
Pero Gómez no sólo fue el acero inteligente, el maestro de la acción bélica, el artífice de las batallas, fue también el hombre ansioso de libertad y de justicia, el mismo que en los montes encontró la compañía de la hermosa adolescente Bernarda (Manana) Toro, la que sería su esposa y madre de sus hijos, algunos de los cuales morirían en los campos de Cuba libre, víctimas de enfermedades, penurias y de hambre, como después en el exilio y el prolongado destierro.
El General, lector abundoso, fue hombre de cultura autodidacta, y por sus relaciones familiares y políticas, se insertó también en el ideario de la independencia y de la confraternidad antillana, como uno de los más fervorosos partidarios de aquella utopía que compartió con su compatriota Gregorio Luperón, con los puertorriqueños Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos.
Reconocido y seguido fielmente por sus soldados y oficiales, Máximo Gómez era un combatiente que tenía, como sustancia de su ética, el ejemplo, el sacrificio y la entrega incondicional a la patria y a la revolución.
Tales principios lo llevarían a sufrir las divergencias en el campo cubano, las contradicciones y, sobre todo, a valorar con su agudeza crítica la división entre las filas insurrectas, lo que condujo a la capitulación del Pacto del Zanjón, en 1878 y lo llevó a él y a su familia a tierras de Jamaica.
Estoico, humilde, en la mayor pobreza, conoció del dolor de ver morir a varios de sus retoños, y vivió en varias oportunidades la separación de la mujer amada. Centroamérica sería el espacio para intentar revivir el sueño de la revolución, y de amamantar a los suyos, en frágil cobija, como también gestar nuevos proyectos libertadores, todos frustrados durante casi tres décadas del llamado por José Martí período del reposo turbulento, de la tregua fecunda.
Estaría laborioso en el Canal de Panamá, padeciendo las fiebres palúdicas, se iría al Perú para reunificar voluntad, apuraría la discrepancia ideológica con Martí primero y también con Maceo en los métodos de la guerra y en la preparación de una nueva conspiración hasta que, el tiempo, y todos los héroes más maduros como la propia historia, lo condujeron a sumar su espíritu a la que el Apóstol José Martí llamaría la guerra necesaria, la del Partido Revolucionario Cubano, y Gómez respondería con el sí afirmativo del valor y la abnegación, libre de rencores, al ser electo por los combatientes para encabezar la batalla y asumir el mando militar en su calidad de General en Jefe.
Vencidos los múltiples escollos, superadas las traiciones y los reveses, volvería a cabalgar entre llanos y montes, casi a la altura de sus 60 años, para conducir al pueblo cubano, tan suyo y tan amado como el dominicano, a la victoria, cuando apuró la amarga experiencia de la intervención primero y de la ocupación después del país por los Estados Unidos.
Como otros patricios latinoamericanos del siglo XIX la imagen de la democracia y la libertad, sembrada en el Norte desde Washington a Lincoln encontraría el eco de esperanza en el pecho del anciano mambí quien, más tarde, y desde la lección de la experiencia pronto comprendería, como paradigma y reserva moral de todo un pueblo y una nación, de Cuba libre, las verdaderas intenciones de los norteamericanos de adueñarse de las riquezas de la Isla, y desde su palabra, con su viril ejemplo, entonces cabalgó no con el sable en ristre sino con las ideas, para izar la bandera de la independencia, la misma que él llevó en sus manos hasta verla hondear sola, sin compañía extraña, flotar sobre el viento y ante el cielo amado de la patria, cuyo destino tanto le inquietaba cuando encontró la muerte el 17 de junio, hace ya todo un siglo.

Ha muerto Pastor Vega

Ha muerto Pastor Vega

La noticia no me sorprende. Como muchos, sabía de la enfermedad que minaba su cuerpo y, sin embargo, puedo afirmarlo, vi entonces a Pastor, con quien mantuve dialogo fluido durante los últimos meses, más abierto y social que nunca.
Este cineasta cubano, hombre que tributó al arte sus inicios en las tablas como actor y estuvo entre los fundadores de una institución emblemática de nuestra cultura, Teatro Estudio, fue también un artista apasionado.
A él le debemos varios documentales notables como !Viva la república! y, sobre todo, varios filmes de ficción muy significativos, entre los que sobresale, como un clásico del llamado nuevo cine cubano, su Retrato de Teresa, obra que fue protagonizada por su esposa, la actriz Daysi Granados, junto al desaparecido Adolfo Llauradó y que abrió una virtual polémica pública en todo el país sobre el machismo, tema que, a pesar de las leyes y preceptos constitucionales, no ha desaparecido, sobre todo, del imaginario de una sociedad de raíces patriarcales.
Hoy, con sólo 65 años acaba de morir. Nos deja el vacío, no sólo por su ausencia física, sino por la variedad de proyectos que tenía en mente, y que pensaba realizar, como llevar a la pantalla grande toda una película en versos.

MARTI VIVE

MARTI VIVE

Prefiero siempre hablar de la vida y no de la muerte. Aunque en esta ocasión respondo al recuerdo de un suceso que nos desgarró y que afectó, también, el decursar de la historia de Cuba.
Me refiero a la caída en combate, en la llanada de Dos Ríos, en el cruce del Contramaestre con el Cauto, del Apóstol José Martí, el hombre que nos enseñó a amar, y que organizó y dirigió, por paradójico que parezca, una guerra sin odios.
Solía decir, en su poesía, que deseaba morir de cara al sol... no sé si lo logró aquel mediodía del 19 de mayo de 1895 cuando su caballo se desbocó, y el cayó sobre la tupida hierba de Guinea, cruzado por las balas.
Desde mi infancia es el misterio que me acompaña, porque es un misterio y una energía, como lo afirmaba otro poeta que se llamó también José, y tuvo por apellidos Lezama y Lima.
Martí es el sueño de la patria, su agonía y deber... la utopía...en fin, el alimento de nuestro espíritu. La suerte nos desparó la gracia infinita de tener en el héroe también al mártir, de tener al poeta en la encarnadura del hombre.

Humanizar al mundo, para salvar al mundo

Humanizar al mundo, para salvar al mundo

En el próximo mes de octubre se realizará en la capital cubana la Conferencia Internacional Con todos y para el bien de todos, auspiciada por el Proyecto José Martí de Solidaridad Mundial, en cuyo consejo participan destacadas personalidades del orbe, entre las cuales se encuentran el Premio Nobel Gabriel García Márquez, la señora Danielle Mitterand, el expresidente de Costa Rica Rodrigo Carazo, los escritores latinoamericanos Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Jorge Enrique Adoum, el cineasta Edmundo Aray y el historiador Paul Estrade, entre otros.
Este evento continúa la obra iniciada en la Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo, realizada igualmente en La Habana, en ocasión del 150 aniversario del natalicio del Apóstol de la independencia cubana, José Martí, así como el encuentro realizado en el pasado año que vinculaba la obra del mayor de los intelectuales y creadores cubanos con el universo de la naturaleza.
Y es que José Martí, quien vivió sus tres últimos lustros, en el proceso mismo de su crecimiento espiritual y moral, en los Estados Unidos, cobra màxima vigencia en nuestros días porque lo que está en juego es el destino de la especie humana, con el urgente apelativo de superar cuanto nos divide y de encontrar cuanto posibilita el diálogo: “hay que armonizar al mundo para salvar al mundo”.
Instituciones culturales y científicas, el mundo académico, la participación de intelectuales de diversas especialidades en un encuentro plural subraya también, desde el poder de convocatoria del pensamiento martiano, la necesidad, para la Humanidad, de llegar a la sociedad norteamericana y de integrarla a ese intercambio.

EL MILAGRO DE UN LIBRO

EL MILAGRO DE UN LIBRO

Desde pequeña, lo confieso, me gustaba escribir. Primero fueron los palotes, las estrellas y los peces, los lápices rojos y azules, los bolígrafos que robaba a mis tíos, después vinieron los primeros poemas, con versos impublicables. Ahora, a la altura del tiempo, y luego de más de treinta años de haberme adentrado en esta pesadilla, porque no es hobbie para mí la escritura, miro cuánto me queda todavía por hacer, y espero que el tiempo me lo permita.
Entonces, me sorprendo a mí misma esbozar una sonrisa, y vuelvo a mi adolescencia rebelde, a la insolencia de aquella iconoclasta, y retorno al hogar de Félix Pita Rodríguez, uno de los bien merecidos Premios Nacionales que se han otorgado en Cuba a alguien como reconocimiento a la obra de la vida y cuya imagen acompaña a este texto mío porque a los amigos no se les puede olvidar.
Entonces, ni él ostentaba esos lauros ni tampoco había dejado de existir, físicamente. Sólo era un poeta y narrador que consumía toneladas de café, y de cigarros, mientras me escuchaba poemas y sueños, con singular generosidad, pero sin paternalismo.
Y, cuando cualquiera de nosotros, porque éramos muchos los que acudíamos a su hogar, en verano o invierno, con las primeras cuartillas, y protestábamos por las dificultades que encontraban aquellos textos nuestros en publicarse, él luego de probar una vez más el tabaco, y de gozar del espléndido aroma del café carretero, me contaba de sus andanzas, desde la infancia a la vejez, y se detenía, en un recodo del camino, para hablarme de las ediciones de “autor”que debía hacer, como tantos colegas suyos, para editarse, para sufragar los gastos de la impresión de sus cuentos y poemas, y luego cómo se articulaba la estrategia de la distribución y la venta de un libro al que muy pocos podían acceder en Cuba, país de enorme analfabetismo y de poco amor entonces por la lectura.
Así, vuelvo con el íntimo amigo de Nostredamus y de Francois Villon, a las tardes de la Habana Vieja, con zapatos gastados, luego de cobrar sólo cinco pesos por un cuento edito en la afamada revista Bohemia y me veo, a esta altura de mi vida, en el concierto de la madurez, y veo que ninguno de mis libros los he pagado yo, que todos con mayores o menores bondades editoriales han sido publicados gracias a la existencia en Cuba de un sistema editorial, donde no todo es perfecto, ni estamos los autores en el paraíso, pero me afirmo en esta realidad que gozo, y conmigo mi literatura, así como la de otros compañeros del gremio, geniales o mediocres.
Pienso en Félix, sumido en la bohemia de entreguerras, en el París del Frente Popular, en las bombas que resuenan en la frontera española, en poetas que fueron pastores como Miguel Hernández, y siento una rara mezcla de envidia y felicidad, y escucho a otros más jóvenes que yo, aspirantes al Nobel dentro de su utopía, someter a crítica lo que tenemos, deseosos también como yo de perfectibilidad, de contar con mayores recursos financieros en este país que sobrevive y combate, desde el diario vivir, en medio del bloqueo que otros llaman “embargo” de manera eufemística.
Me veo también en las salas de la antigua fortaleza colonial de San Carlos de la Cabaña, compartiendo con escritores, editores y, sobre todo con lectores y lectoras, porque somos un país letrado, donde el hábito de leer es uno de los places más hermosos de nuestra propia condición humana. Agradezco a quienes me precedieron en este fatigoso sendero de la escritura, porque sé que no se somete mi literatura, al menos hoy, al esclavo oficio del mercadeo y que quienes acuden a las presentaciones de mis libros, y los disfrutan me hacen sentirme una mujer más plena.
La mujer que escuchó, hace sólo unas semanas, a una joven museóloga, en el poblado de San José de las Lajas, en la provincia de La Habana, al sur de la capital de la Isla, confesarme que gracias a mí había descubierto a José Martí cuando, de niña, accedió a la lectura de mi primera biografía del Apóstol de nuestra independencia, aquel volumen profusamente ilustrado –en injustamente no reeditado, porque eso sí, carecemos de una acertada política de reediciones, también en medio de nuestras carencias económicas-, y siento que puedo aún ruborizarme, vencer el ego que habita en todo autor o autora. Como también, firmo el ejemplar de mi última novela publicada, Donde habita el olvido, mientras un joven que es como yo lo fui, como también lo fue Félix Pita, me dice que, como libro de cabecera, tiene uno de mis poemarios, El pez volador.
Entonces siento que soy deudora de aquellos soñadores, como el autor de Córcel de fuego que en una Cuba hambreada y analfabeta no renunciaron a la literatura porque sabían que el milagro de un libro siempre podrá contribuir, al menos así quiero creerlo, a que los hombres y las mujeres puedan también actuar sobre la tierra, sobre este planeta que se ve tan azul desde el cosmos, y ganar la independencia, la libertad que les confiere el ser dueños de sí y de sus destinos, para construir una sociedad mejor, donde la vida y la lectura que es parte de la vida sean posibles no para una élite sino para toda la especie humana.